Mi historia con el arte no empezó frente a un lienzo, sino creciendo en un hogar donde el diseño y la luz lo eran todo. Hija de arquitectos y bisnieta de José Ortiz Echagüe, crecí comprendiendo que la belleza no es accidente, sino una búsqueda constante de armonía. Esa herencia visual me enseñó a mirar el mundo no solo como es, sino como puede ser construido. El refugio en la naturaleza fractal Desde pequeña, mi obsesión han sido los árboles y su geometría infinita. Cuando pinto, entro en un proceso de introspección donde el tiempo se detiene. Me pierdo en estructuras fractales que crecen orgánicamente, ramificándose sobre el lienzo en un diálogo entre mi mano y la materia. Es un proceso que me absorbe por completo, donde cada trazo es una búsqueda de ese equilibrio perfecto que reside en el caos de la naturaleza. Arquitectura, Luz y Materia Hoy, mi obra es el punto de encuentro entre mis dos mundos: la precisión de la arquitectura y la libertad de la pintura plástica. A través de cuadros, grabados y experimentaciones con la materia, exploro cómo la luz habita el espacio. Mi objetivo no es solo decorar una estancia, sino crear piezas que dialoguen con el entorno y detengan al espectador. Busco que, al observar una de mis obras, encuentres un momento de silencio, una emoción que no necesite palabras y una estructura que te invite a quedarte.